Veinte años después, One Piece me hizo encontrarme con alguien que había olvidado.
- clusteragsmx
- 3 jun
- 3 min de lectura
Por: Neto Ruvalcaba

Lloré viendo el episodio 1000 de One Piece, y no fue una tristeza profunda ni una escena particularmente desgarradora; al chile, la neta, fueron lágrimas de alegría, de esas que aparecen cuando uno comprende algo de golpe, cuando muchas piezas dispersas de la vida encuentran de pronto un lugar común.
El episodio en sí es sencillo: antes de reunir nuevamente a la tripulación, la serie se toma el tiempo de presentar a c
ada personaje: Luffy, Zoro, Nami, Usopp, Sanji, Chopper, Robin, Franky, Brook, Jinbe.

Y con cada presentación aparecen fragmentos de sus historias, escenas que, para cualquier espectador, podrían ser simples flashbacks; pero, para quienes llevamos años acompañando esta travesía, esos momentos funcionan de otra manera y no solo muestran el pasado de los personajes, también muestran nuestro propio pasado. Mientras veía aquellas imágenes, me descubrí pensando en dónde estaba cuando conocí esta serie. Era aproximadamente 2007, trabajaba en una tienda de abarrotes, un negocio familiar; mi vida era completamente distinta, todavía no sabía muchas de las cosas que hoy sé, todavía no era el cineasta y fotógrafo que soy ahora, no había filmado nada, no daba clases, no había recorrido muchos de los caminos que terminarían definiendo mi vida y, sin embargo, ahí estaba One Piece. No siempre de manera constante; también hubo temporadas donde la seguí con entusiasmo y otras donde la abandoné por meses. A veces la vida ocupaba todo el espacio, a veces regresaba como quien vuelve a visitar a viejos amigos, y siempre estaba ahí.
Veinte años son mucho tiempo; son suficientes para terminar estudios, cambiar de trabajo, enamorarse, perder personas importantes, encontrar nuevas pasiones, replantear la propia identidad y descubrir aspectos de uno mismo que antes parecían invisibles. Durante todo ese tiempo, los personajes también cambiaron. Luffy dejó de ser un muchacho que soñaba con ser Rey de los Piratas para convertirse en alguien capaz de inspirar pueblos enteros; Nami encontró una familia; Robin encontró un lugar donde existir; Usopp aprendió a convivir con su miedo; Sanji convirtió su sensibilidad en fortaleza. Cada uno de ellos creció, y yo con ellos. One Piece pertenece a la segunda categoría.

Con el paso de los años descubrí que la obra de Eiichiro Oda no habla solamente de aventuras; habla de la obstinación necesaria para perseguir un sueño durante décadas, habla de la importancia de la comunidad, de la amistad entendida no como compañía ocasional, sino como una forma de sostenerse mutuamente cuando el mundo se vuelve demasiado pesado. Habla de la empatía, de la capacidad de reconocer humanidad incluso en quienes son diferentes; habla de la libertad, pero no de una libertad abstracta o política en el sentido tradicional, habla de la libertad de ser uno mismo sin pedir permiso. Y por eso Luffy resulta tan poderoso, porque en un mundo que constantemente nos pide adaptarnos, moderarnos, volvernos prácticos o realistas, él insiste en seguir avanzando exactamente hacia aquello que desea.
Y mientras observaba el episodio 1000, comprendí algo que nunca había pensado de manera tan clara: la nostalgia que sentía no era solamente por la serie. Me di cuenta de que era nostalgia por el tiempo, por la persona que fui cuando vi aquellos primeros capítulos, por el joven que trabajaba en una tienda de abarrotes, por todos los sueños que tenía entonces, por todas las cosas que todavía no sabía. Los flashbacks no solo mostraban a Luffy, Zoro o Nami cuando eran más jóvenes, también me mostraban a mí, y creo que ahí reside la verdadera fuerza del episodio 1000: no celebra una cifra, celebra un recorrido, la posibilidad de mirar hacia atrás y reconocer cuánto hemos cambiado sin olvidar quiénes fuimos. Cuando terminó el episodio, entendí que, de alguna manera, la historia de One Piece y mi propia historia se habían entrelazado durante años. No porque yo sea un personaje de la serie, sino porque la ficción, cuando nos acompaña durante suficiente tiempo, termina convirtiéndose en parte de nuestra memoria. Quizá por eso lloré, porque durante unos minutos no estaba viendo únicamente una historia sobre piratas; lo que estaba viendo eran veinte años de mi propia vida, y esos años pasaron frente a mis ojos en ese instante. Por primera vez fui realmente consciente de todo el mar que había recorrido para llegar hasta aquí.




Comentarios